Ricardo Villalobos es uno de esos artistas esquivos a los que nunca terminas de “atrapar”, una presencia resbaladiza impulsada por una fuerza creativa inagotable. Un genio del minimal, sí, pero más que eso: un artista del que la gente habla porque recuerda su música. A menudo en las sombras, su éxito es inseparable del propio misterio: los largos silencios, las apariciones repentinas, el rumor de que quizá pinche (¡o quizá no!), el susurro de que estará allí esta noche. Para acercarse a una figura que rara vez ofrece un relato lineal, ayuda seguir a alguien que haya observado el mito en su forma real. Nos sentamos con Nacho Capella, un conocedor de Ibiza y testigo de largo recorrido, cuyo camino se ha cruzado repetidamente con Villalobos, desde la cabina de Amnesia hasta la multitud devota que lo sigue durante la noche.
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Habemus Ricardo
Un pulso hipnótico, cortante, repetitivo, brumoso, iluminado por destellos de acid, y algo encaja. El Dorian Gray de Frankfurt no era solo otro club: era una leyenda alojada en un lugar improbable. Justo dentro del aeropuerto de la ciudad, un búnker iluminado con neones donde, desde finales de los 70 hasta los 90, viajeros y locales se confundían en una misma noche interminable. Un espacio de umbral en todos los sentidos, construido para el tránsito y la transformación. Villalobos era todavía un adolescente cuando su padre lo llevaba allí. El padre de Ricardo, Pedro Villalobos, era un académico chileno que trabajó como profesor en la Universidad Técnica del Estado y fue una influencia temprana clave en la exposición de Ricardo a la música. Y aquella noche con su padre, ese único disco —Force Legato System de Torsten Fenslau—, como él recuerda, le golpeó « como una hipnosis. » Una primera puerta que se abre. La repetición como revelación, el minimalismo como forma de moldear el espacio, el groove no como entretenimiento sino como atmósfera.
Tras esa primera epifanía, la historia de Villalobos no se cuenta como un ascenso lineal, sino como un viaje multicultural, a través de lenguas, lugares y, sobre todo, encuentros. “Lo principal es lo chileno porque nació en Chile”, nos recuerda Nacho, antes de añadir que Ricardo dejó el país muy joven: «con tres o cuatro años se fue a Alemania para establecerse al sur de Frankfurt», ya que su familia fue forzada al exilio debido a la dictadura de Pinochet. Chile sigue siendo la matriz íntima, el punto de origen al que regresaría, pero Nacho insiste: «su principal influencia musical siempre estuvo en Alemania». Allí se forjó su oído artístico, allí echó raíces una disciplina del sonido y, finalmente, allí escuchar y vivir la música se convirtió en una forma de vida. Una educación de clubber antes de que existiera cualquier ambición artística.
Y qué Alemania era aquella, especialmente cuando se habla de Berlín a comienzos de los 90: una ciudad que apenas emergía tras la caída del Muro, aún llena de solares y edificios vacíos, un lugar donde la noche se convirtió en una válvula de escape colectiva después de que Frankfurt sentara gran parte de las bases.

Génesis alemana
El techno berlinés de esa época —y en muchos sentidos todavía hoy— es crudo, industrial, a veces austero, a menudo radical. Heredero de las máquinas, las fábricas y la utopía de la libertad, la ciudad respiraba todo eso en aquel momento. La gente bailaba durante horas, intensamente, sin necesidad de espectáculo. Los clubes eran hogares para espíritus libres, y quizá eso fue lo que Ricardo encontró entonces en Alemania: libertad.
Nacho menciona un nombre como quien habla de un rito de paso: “volver a Alemania y encontrar clubes como Tresor”. El mítico club berlinés que abrió en 1991, mucho antes de la era Berghain, y que más tarde se convirtió en sello, dibujando los contornos de la identidad techno de la capital. Es también donde empiezas a comprender la complejidad del artista: nacido en Chile, pero con una gramática musical escrita en Alemania, luego reinyectada en otros lugares a través de regresos constantes e influencias cruzadas.
“A veces, cuando visitaba a la familia, volvía y pasaba tiempo con Luciano, con Umo y con muchos otros DJs. Era un ir y venir constante. Creo que fue entonces cuando empezó a darse cuenta de que quería ser DJ. No puedo decir exactamente cuándo, pero esas conexiones son clave para entender de dónde viene Ricardo”.
Nacho lo describe como alguien que «seguía sus sentimientos», alimentándose de distintas culturas —chilena, alemana, sudamericana— con una curiosidad voraz. Y aunque Villalobos acabaría convirtiéndose en uno de los grandes nombres de un minimal más “micro”, más orgánico y sutil en sus variaciones, eso ya se lee en aquel Berlín: sus sótanos, sus tensiones, su obsesión por el ritmo y su fe en la repetición.
La canonización musical
Esta obsesión por la repetición encantada lo acompañaría durante todo su recorrido. Pero si hay un momento, un tema que marcó el encendido de su carrera, es “Easy Lee”, el corte de apertura de su álbum Alcachofa de 2003. Todo artista tiene ese tema que lo empuja al escenario internacional; para Ricardo, fue ese. Al escucharlo, no se puede negar la influencia berlinesa: una pieza enigmática, profundamente orgánica, quizá incluso ligeramente melancólica cuando te entregas a ella.
“Siempre es el lado melancólico, el lado triste (…) siempre me hace sentir diferente a como me siento durante el día”, dice Ricardo Villalobos.
Ahí reside precisamente el genio de Villalobos: hacer universal algo profundamente particular. A partir de ahí, el álbum nos ofrece un mapa de su mundo. “Fizheuer Zieheuer”, con su tensión maratoniana, muestra hasta dónde está dispuesto a llevar la repetición como forma de sumir a una sala en trance. Y “Dexter” profundiza el hechizo con un groove más oscuro y mesmerizante.
La Terraza de Amnesia como templo
Ricardo Villalobos no se formó solo en las sombras; también se moldeó a través de un vínculo inquebrantable con Ibiza, una relación casi sentimental con una isla donde la pista de baile sigue sintiéndose incomparable. Una vez más, hay algo místico en los lugares que han marcado el camino de Ricardo. Ibiza es donde el artista parece estar más en casa. “Si le preguntas… claro: Ibiza”, dice Nacho, como si la respuesta fuera obvia.
Pronto te das cuenta de que el apego no es meramente geográfico; es una forma de habitar la noche que no se encuentra en ningún otro lugar. Si la isla sigue siendo ese punto fijo al que regresa sin cesar, es también porque alberga su gran amor ibicenco: la terraza de Amnesia. Allí se forja la leyenda del “papa”, y sobre todo allí. Un lugar cargado de historia, que cuenta la historia de una multitud inagotable, una pista llena de archivos invisibles. Como dice Nacho: “Esa pista es la de Amnesia”. Y nada más.
Y Nacho lo sabe bien. A finales de los 90, cuando conoció a Ricardo en una rave del norte de Ibiza, Capella recuerda haberse cruzado con él casi por accidente, antes incluso de darse cuenta de que era DJ. Un año después, Amnesia llamó. La fiesta era Delicatessen, Sven Väth estaba programado, y Sven invitó a Villalobos a venir. Y la isla nunca lo dejó ir. “Al año siguiente, en 2000, fue cuando Cocoon empezó su residencia”.
La sala principal de Amnesia cambia; sigue las temporadas y las tendencias. La terraza, en cambio, mantiene su línea guía: «housey, techy house… desde el primer día», insiste, una lealtad estética que resiste al ruido exterior. Quizá ahí la metáfora religiosa deja de ser solo una imagen. La terraza parece encerrar un misterio entre sus muros, uno que solo el tiempo ha visto desplegarse. “De lo que hablan estas paredes… no es fácil de encontrar hoy en día”.
Lo que finalmente destaca en la forma en que Nacho habla de ello es la permanencia. Incluso cuando la industria se reconfigura, la terraza permanece. Villalobos se aferra a ella como a un centro de gravedad. Cuando Cocoon —la icónica residencia de Sven Väth— dejó Amnesia en 2018, él se quedó. Nacho lo dice sin rodeos: “Fue el único que se quedó en Amnesia cuando Cocoon se fue, porque para él lo principal de todo es Amnesia”. De nuevo, algo instintivo y orgánico: la lealtad a un lugar, a lo que representa, a lo que despierta en la mente de la gente: la cultura de la terraza.

Así que, si Ricardo es visto como un papa, no es solo porque ayudó a dar forma a un sonido sutil, sino también porque reina sobre este territorio. La terraza es un escenario en el que entras a vivir dentro. Nacho recuerda que “el 98% de los DJs dicen que es una de las mejores pistas de baile del mundo”. Y al amanecer, no importa nada más. Villalobos siempre ha tratado la pista de baile como un lugar de prueba.
As Ricardo says: “Puedes cerrar los ojos, pero no puedes cerrar los oídos; la verdad es lo que escuchas.”
Sin embargo, para Villalobos, Ibiza no es donde se hace la música. Es donde se vive. En la isla, Ricardo viene a “relajarse” y a pinchar en Amnesia, pero “la música está en Alemania, en su estudio”. Allí es donde ocurre el trabajo, lejos de la terraza y del ruido, dentro de lo que Nacho llama su “nave espacial”, un laboratorio de máquinas y obsesión digno de Star Wars. Siempre ha sido un amante de las máquinas en el sentido más puro; nunca se cansa de jugar con ellas. Persigue el mínimo cambio de textura, abrazando la materialidad de la música.

Fe antes que fama
Villalobos nunca ha jugado realmente el juego de la visibilidad: “Está realmente fuera… no metido en la locura de las redes sociales”, recuerda Nacho. Confía en la vieja lógica de la noche: si importa, lo sentirás, no pasarás de largo con el dedo. Esta distancia no es una pose, sino una forma de autopreservación. En una escena donde Ibiza se ha convertido tanto en una máquina de contenido como en un destino de clubbing, Villalobos se mantiene «fuera de todo» para proteger lo que todavía le importa: las conexiones y el sonido. Mientras la mayoría de los DJs construyen imperios en líneas de tiempo, él lo ha construido sobre el deseo. En su caso, eso no diluye la demanda, la afila. “No es fácil contratar a Ricardo Villalobos”, nos recuerda Nacho, casi encogiéndose de hombros. Esa escasez hace lo que el marketing no puede: convierte un set en algo que la gente siente como un privilegio presenciar, y para él es la garantía de tocar donde quiere, sin perseguir la productividad. Así puede mantener un cierto control frente a la presión —necesaria, pero constante— que soportan los artistas para mantenerse en la cima, reinventarse y seguir llevando a la gente con ellos. Por eso Villalobos no está congelado en el pasado. Incluso desde el borde del foco, entiende los nuevos formatos del presente.
El ritual del back to back
Con Ricardo, pinchar back to back no es solo un síntoma contemporáneo. Reducirlo a una simple herramienta promocional sería perder de vista lo que Villalobos elige hacer con ello. Capella lo deja claro: normalmente es Ricardo quien decide, quien elige con quién mezcla, dónde y, sobre todo, por qué. El back to back sigue siendo un ritual de compartir y, para él, un ejercicio de improvisación más que una actuación calculada. El momento se presenta y él va a por ello. Incluso encuentra en ello un placer crudo e inmediato: “Siempre dice que en back to back se divierte más”. Entonces te das cuenta de que el B2B, lejos de contradecir su misterio, lo prolonga de otra manera. Es también una forma de reinventarse dentro de un formato que se ha vuelto moderno, al tiempo que reconecta con algo muy antiguo y muy de club: la improvisación.
Pudiste ver un destello de esa alquimia cuando compartió cabina con Nina Kraviz. Dos mundos que podrían parecer opuestos y que, sin embargo, a lo largo de un set entre dos amigos en la terraza, encontraron un terreno común para que ocurriera una verdadera conversación musical. Como dice Nacho: “Fue divertido, fue bueno”. Al final, el elemento humano permanece en el centro, y quizá por eso Ricardo es tan profundamente querido por su comunidad: los Ricardistas.
No se puede comprar la devoción
Es por lo que Ricardo representa y por lo que entrega de sí mismo a la música que es tan querido por su gente. Una comunidad singular, muy alejada de cualquier forma clásica de fandom. Para Nacho, los Ricardistas son casi una religión:
“Es como los católicos con el Papa,” dice Nacho Capella, “El Papa para nosotros es Ricardo.”
No son solo fans; son personas reunidas alrededor de un mismo núcleo: “cultura, música, amistades… conexiones”. Y aunque Ricardo sea el centro simbólico, Nacho insiste en que la identidad no le pertenece solo a él: “todos somos Ricardistas”. Añade: “La música es realmente algo muy poderoso para toda la comunidad”, lo que también explica por qué el crecimiento de la comunidad Ricardista puede parecer “más lento que el de otras”. Su ritmo proviene del propio sonido: “más experimental o diferente”.
Esa lealtad también explica la devoción. Nacho no romantiza el lado económico: admite que hoy en día, “con este sonido y con esta música, es más difícil que antes hacer negocio, ganar dinero, tener éxito”. Pero esa dificultad, precisamente, fortalece el vínculo. “Pase lo que pase”, dice: “si tenemos más o menos éxito, seremos Ricardistas. Si estamos abajo o si estamos aquí, seremos Ricardistas”. Y lo que tienen, insiste, no se puede fabricar: “Es algo que no se puede comprar con dinero”, ni con una campaña de marketing.

“ La discoteca es tu familia.”
Entre los Ricardistas, la pertenencia no se mide en visibilidad; se construye a través de los temas que la gente intercambia, las fiestas que viven juntos, las referencias que se transmiten y las noches que se cuentan una y otra vez. Cuando Nacho recuerda que «antes solíamos decir… la discoteca es tu familia», está señalando al club como refugio. Un lugar al que vuelves cuando todo lo demás tambalea. Quizá ahí reside el “secreto” de Villalobos: detrás del mito que encarna, hay una comunidad que no consume a un DJ, sino que sostiene una cultura como un momento para vivir y preservar.
Al final, al papa no hace falta verlo: hay que escucharlo.

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📷 : Cover Photo Credit / Ricardo Villalobos at Pyramid / Courtesy of Amnesia Ibiza
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📷 : Additional Photo Credits : Courtesy of Ricardo Villalobos, Nacho Capella, Phrank, Amnesia Ibiza
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